Autor: Paul Hostovsky
Mi ojo izquierdo me está matando, le digo a mi esposa. Pueden ser alergias, dice ella. Podría ser mi retina preparándose para desprenderse, digo, o glaucoma o sífilis o cáncer. ¿Por qué siempre tienes que saltar a tu muerte? dice ella. No contesto enseguida. En CVS un pasillo entero de gotas para los ojos: gotas para ojos secos, gotas para ojos húmedos, gotas para ojos rojos y con picazón. Mis ojos se iluminan en Visine y de pronto tengo dieciseis y fumando yerba todo el día e intentando ocultarla de mi madre, cortando clases a izquierda y derecha y escribiendo mis estúpidos poemas inteligentes sobre sexo, árboles y muerte. Hay un poema aquí adentro con muchas ganas de salir, pienso mientras inclino la cabeza hacia atrás y exprimo: dos gotas gordas que pican mientras van a trabajar. ¿Y cuánto antes que Johnson & Johnson descubriera la razón para el precipitado salto en las ventas? ¿Y cuanto tiempo pasó antes de que me quedara tan atrás en el instituto que acabé abandonando? La verdad es, he estado saltando a mi muerte toda mi vida. Porque es una buena práctica, le digo a mi esposa. ¿Y qué de tu ojo, todavía te está matando? dice ella. No, digo, pero ahora me duelen los pies. Y también mi rodilla derecha. Esto podría ser de todos los saltos, dice ella.
