Autor: Arwa Mahdawi

Es un milagro que haya salido viva de mi entrevista con la artista palestina Samia Halaby. No sólo porque las crujientes escaleras de madera a su estudio en el segundo piso de un edificio de Tribeca, New York, son alarmantemente empinadas, sino porque ciertas personas consideran que esta aclamada artista abstracta de 88 años, pionera del arte digital, es una amenaza para su seguridad..

En diciembre de 2023, la Universidad de Indiana, alma mater de Halaby, canceló la que iba a ser la primera exhibición retrospectiva americana de la obra de Halaby en el Museo de Arte Eskenazi de la universidad. La exhibición se estuvo preparando durante tres años pero a Halaby se le informó que ya no era bienvenida en una concisa carta de dos oraciones del director del museo, en la que se citaban vagas preocupaciones de seguridad. La verdadera razón, sospecha ella, era que el museo desea distanciarse de cualquier obra sobre Palestina después del 7 de octubre de aquel año. Casi un año después, la Michigan State University canceló abruptamente la fiesta de inauguración de su retrospectiva y removió una pintura cuyo título, Seis héroes dorados, refería a la huida de seis prisioneros palestinos.

Ahora, luego de haber sido cancelada y censurada, a Halaby le dieron el premio Munch 2025 por su libertad artística. ¿Se siente esto como una reivindicación?

No realmente, dice ella sobre una taza de té negro que tomamos en un comedor improvisado, con los «ofensivos» Seis héroes dorados, un deslumbrante y fascinante conjunto de cuadrados brillantes, junto a nosotros. “Hay una polarización. La gente que era buena siempre fue buena. Nadie ha cambiado, cada uno se ha vuelto más extremo”. Es importante, dice ella, advertir que ella no fue cancelada por la universidad en su conjunto. “Los estudiantes objetaron, había algunos retratos muy lindos de estudiantes cargando carteles con mis pinturas. Ellos no fueron los que me dijeron que no viniera. Es la administración, dirigida por el gobierno”. La administración Trump ha aplastado agresivamente los discursos pro-palestinos en los campus universitarios.

Todavía, aún cuando no siente el premio como una reivindicación, está emocionada de recibirlo. Particularmente porque viene de Noruega: “un gobierno y una población que siempre ha simpatizado con Palestina”.

A diferencia del gobierno inglés, noto, que, en este mismo momento, le ofrecieron una alfombra roja al presidente israelí Isaac Herzog, un hombre que dijo que todos los civiles palestinos fueron cómplices del ataque del 7 de octubre, y que niega que Israel esté cometiendo un genocidio o provocando hambrunas en Gaza. “Oh”, dice ella con una suave risita. “A los ingleses los podemos dividir en la gente hermosa que está en las calles sosteniendo carteles denunciando el genocidio que hacen que las arresten, y el gobierno. Y creo, claramente, que la moral alta está con la gente, ellos son adorables”

A pesar del clima político, Halaby dice que se siente en casa en New York. Si bien desconoce cuánto será capaz de permanecer en el edificio de renta estable que alberga a otros dos artistas y donde vive desde 1976. “El vecindario se está gentrificando. Hay un edificio detrás que está siendo remodelado con lujosos acabados. Quizá pronto nos pidan que nos vayamos, no lo sabemos”.

El desplazamiento no sería una nueva experiencia para Halaby, que nació en Jerusalem en 1936 pero huyó al Líbano durante la nakba de 1948. Ella ha visitado su lugar de nacimiento varias veces, y ha vuelto a su vieja casa, cuyo tejado se había aprovechado para hacer un restaurante al gusto israelí. Pero como otros palestinos de la diáspora, no tiene derecho a un retorno permanente, aunque lo ha pensado. “Debería tener una visa y estaría a merced del gobierno israelí. Iba a hacerlo en un momento y comencé a buscar departamentos. Pero entonces ellos invadieron Ramallah y se hizo imposible. Y saben que podrían quitarme la visa en cualquier momento”.

Más que sonar amarga, Halaby parece marcadamente sanguínea. Su obra es similarmente analítica más que emocional: detrás de los colores y formas a menudo juguetones, hay un profundo rigor científico. “El arte es un oficio” dice ella. “Me lo tomo muy seriamente. Conozco la ciencia de la luz, la física de la luz, tanto como puedo, la fisiología del ojo, cómo vemos los atributos del color, como manejar el color”. Halaby desprecia a las personas que creen que el arte es una forma de expresión personal y que se pinta por una necesidad interior. Eso es propaganda, se ríe ella. “Le digo a la gente ‘¿Puedes imaginar al Papa llamando a Miguel Angel, ven aquí, mi muchacho, quisiera que te expresaras sobre mi Capilla Sixtina?’”.

Más que una representación de su estado interior, Halaby dice que cree que a la gente le gustan sus pinturas abstractas porque “reconocen el mundo en el que viven en ellas”. Y ella trae la misma especie de abstracción para analizar el estado actual del mundo en que vivimos. “Uno tiene que aprender a pensar en un nivel más general” dice ella cuando le pregunto sobre las continuas embestidas de Trump a la libre expresión. “Y cuando piensas en la historia –toma 200 años de historia, ni siquiera tienes que tomar un milenio-, y miras al globo, la superficie de la Tierra y toda la gente sobre ella y todo lo que ellos piensan, tengo que decirte, Trump parece como una mosca en la espalda de un camello. Lo sufriremos, eso seguro, porque la mosca está encima de nosotros cagándonos. Perdona. Pero es un gran mundo en el que vivimos”.

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