Autor: Leila Soto

La derrota electoral del experimento libertario de Javier Milei en el territorio bonaerense tiene una contundencia que es importante explicar, atentos al futuro del país y del loco, loco mundo en que vivimos.

Para quienes padecemos desde diciembre de 2023 su gobierno, y teniendo en cuenta que aun sigue al comando de la economía nacional (o lo que queda de ella), sabemos que hay tantas razones del triunfo de Fuerza Patria, y del gobernador Kicilloff en particular, como razones para la derrota del corrupto presidente.

Es especialmente dulce el triunfo de un electorado provincial siempre subestimado, estereotipado y en esta ocasión en particular siendo provocado por múltiples mensajes de odio. Durante la corta campaña, la mentalidad porteña, racista y exitista que caracteriza a los libertarios, recordó que era necesario pisar el territorio, contactarse con el ciudadano para pedir su voto, sin embargo, se impuso una realidad invisibilizada, la de miles de bonaerenses que vieron pulverizados sus ingresos, detenidas las actividades productivas públicas y privadas, camino a la recesión (que todo apunta a que eso ocurrirá formalmente en el tercer trimestre del año). Es así como en una elección en la provincia más extensa, la gestión provincial y municipal se pone en juego disputando un sentido de la política más pragmático: cuidar y distribuir lo mejor posible los recursos que las políticas macroeconómicas de Milei todavía no robaron.

Pocas veces se había visto tan claramente el daño que produce la retirada del Estado en la gestión de las necesidades básicas: seguridad, transporte, salud, trabajo, vivienda. El malestar cotidiano de miles de trabajadores nunca fue tan pedagógico como en el presente. Aquellos jóvenes que simpatizaron con un discurso antipolítica están sufriendo las consecuencias de un gobierno de ajuste neoliberal clásico. A la par, son tratados en forma despectiva, no llegaron a ser fidelizados a un producto coherente, porque siempre tuvieron una identidad comunicacional tan berreta como las imágenes en IA que armaban. Entre viejos meados vestidos con buzo violeta y jóvenes cripo chetos (mayoritariamente varones) el atractivo de las «fuerzas liberales» se esfuma. La importación de un discurso fascista del primer mundo puede ser muy útil en grandes ciudades, pero resulta ridículo ser antimigrante, despreciar la negritud y a las clases laburantes desde una supuesta superioridad estética que no hace una conquista amorosa sin un billete de por medio.

Pero si existen un padre y una madre de la derrota, sin duda son los hermanos Milei, quienes se encuentran atrapados en el laberinto de su mesianismo miope, cultivado a fuerza de tarot y maquiavélicos consejeros. Existe, además, un padre putativo en las sombras: Mauricio Macri, quien entregó buena parte de su fondo de comercio político, adosando empresarios, funcionarios y jueces que hacen de la corrupción una práctica deportiva de alta competencia. El escándalo de las coimas con el laboratorio de los amigos de Macri, los Menem, los exfuncionarios que atienden de los dos lados del mostrador, ha sido construida en esa alianza que parece más una asociación ilícita a la calabresa.  

A pesar de la cobertura de los medios hegemónicos, de los más poderosos empresarios, de Trump y el Fondo Monetario, a pesar de la provocadora forma de ejercer el gobierno, los ciudadanos no han transitado por esta etapa de represión, crueldad y circo sin sensibilizarse. Lógico, han sido testigos de represión a jubilados y discapacitados, un trato cruel contra las organizaciones sociales que alimentan a miles de personas, periodistas y personas de la cultura demonizadas y además tratados como estúpidos por sus elecciones partidarias. A pesar de que nuestras democracias tienen muchas debilidades, a pesar de que se vota como se consume: siendo muchas veces engañado emocional y materialmente, como en el deporte, siempre hay revancha, siempre se puede corregir el rumbo. Por esto es que la democracia constituye el menos malo de nuestros sistemas de gobierno.

Para quienes tienen la suerte de no ser gobernados por esta runfla arribista, sepan que el peligro fascista próximamente perderá uno de sus icónicos fetiches gobernantes. Milei pasará a la historia porque estos locos años 20’, como los del siglo pasado, construyen monstruos a partir de un capitalismo despiadado, que utiliza sus crisis para empujar a soluciones cada vez más cruentas e innecesarias.

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