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Moisés, Jesús y Mahoma eran tres de mis más poderosos compañeros. Cada uno tenía una flor en un jarrón y nuestro enemigo destruyó todos los jarrones y robó todas sus flores.

Yo recuerdo a sus padres habiendo inscripto sus nombres en sus dos brazos y piernas. Sólo para ser capaces de rastrearlos luego de la fiesta de graduación. A menudo nos olvidamos de nuestras misiones por tropas armadas.

“¡Evacuen, condenados sean!” gritaron ellos a nuestra puerta. Ignorando la agonía de un estómago vacío, ignorando la quietud, ignorando la ausencia de nuestros abuelos, que nos enseñaron a vivir y morir por la tierra y aire de Palestina libre.

Enterramos nuestras esperanzas detrás de la higuera y el olivo porque queríamos vivir, amar, y ser libres del vocabulario de conflictos crueles que descuidaron la humanidad. No obstante, somos todavía magníficos árboles desnudos.

Juntos en la noche sin luna, oramos, luego dormimos en paz hasta que comenzó la fiesta de graduación para acercarse más y más con puñales en nuestros corazones, balas chirriando hacia nuestros pechos, misiles explotando en la conclusión de la fiesta de graduación.

Fuimos recogidos por uno de nuestros padres varias horas más tarde. ¡Créanlo o no! Estamos todos en el mismo maldito ataúd. Nos preguntamos si cuando los pueblos del globo dejen de dar la vuelta a nuestra realidad, quieran ensordecer los dos oídos y cegar los dos ojos.

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