Autor: Richard Brautigan
¿Arenero menos John Dillinger es igual a qué?
Con frecuencia vuelvo a la portada de Pesca de Trucha en América. Tomé a la nena y bajé allí esta mañana. Regaban la cubierta con grandes aspersores giratorios. Vi algo de pan yaciendo en el césped. Había sido puesto allí para alimentar a las palomas. Los viejos italianos siempre están haciendo cosas como esas. El pan se había vuelto una pasta por el agua y estaba aplastado contra la hierba. Esas tontas palomas esperaban a que el agua y la hierba masticaran el pan…, así no lo tenían que hacer ellas. Dejé que la nena juegue en el arenero, me senté en un banco y miré alrededor. Había un beatnik sentado al otro lado del banco. Tenía su bolsa de dormir a su lado y estaba comiendo restos de manzana. Tenía una gran bolsa de restos de manzana y los estaba engulliendo como un pavo. Era probablemente una protesta más válida que hacer piquetes a bases de misiles. La nena jugaba en el arenero. Tenía puesto un vestido rojo y la iglesia católica se levantaba detrás. Había un ladrillo entre su vestido y la iglesia. No estaba ahí por accidente. Las damas a la izquierda y los caballeros a la derecha. Un vestido rojo, pensé. ¿No llevaba un vestido rojo la mujer que le tendió una trampa a John Dillinger para el FBI? La llamaban “la Mujer en Rojo”. Me parecía que sí. Era un vestido rojo, pero más allá de eso, John Dillinger no estaba a la vista. Mi hija jugaba sola en el arenero. ¿Arenero menos John Dillinger es igual a qué? El beatnik se fue y tomó un trago de la fuente que estaba crucificada en la pared de ladrillo, más hacia los caballeros que a las damas. El tenía que lavar todos esos restos de manzana en su garganta. Había tres aspersores andando en el parque. Había uno enfrente de la estatua de Benjamin Franklin, uno a su lado y uno justo detrás de él. Todos estaban girando en círculos. Vi a Benjamin Franklin pararse pacientemente allí a través del agua. El aspersor a su lado le pegaba al árbol de la izquierda. Salpicaba fuerte el tronco y derribaba algunas hojas, y luego golpeaba al árbol del medio, salpicaba fuerte el tronco y más hojas caían. Luego salpicaba contra Benjamin Franklin, el agua disparaba a ambos costados de la piedra y una niebla se elevaba desde el agua. Benjamin Franklin tenía sus pies húmedos. El sol estaba brillando duro sobre mi. El sol era cálido y brillante. Luego de un rato el sol me hizo pensar en mi propia incomodidad. La única sombra caía sobre el beatnik. La sombra caía desde la estatua de Lillie Hitchcock Colt de algún bombero de metal salvando a una vieja de metal de un fuego mental. El beatnik ahora yacía en el banco y la sombra era dos pies más larga que su tamaño. Un amigo mío escribió un poema sobre esa estatua. Maldito sea, desearía que hubiese escrito otro poema sobre aquella estatua, así me daría algo de sombra dos pies más larga que mi cuerpo. Estaba en lo cierto sobre “la Mujer en Rojo”, porque diez minutos después lo reventaron a John Dillinger en el arenero. El sonido de la ametralladora espantó a las palomas y ellas se precipitaron a la iglesia. Mi hija fue vista partiendo en un gran auto negro poco después de eso. No podía hablar aún, pero eso no hacía ninguna diferencia. El vestido rojo lo hacía todo. El cuerpo de John Dillinger yace mitad afuera, mitad adentro del arenero, más hacia las damas que a los caballeros. Estaba filtrando sangre como esas cápsulas que solíamos usar con aceite de margarina, en aquellos buenos viejos días, cuando el óleo era blanco como la manteca de cerdo. El gran auto negro arrancó y se fue por la calle, con la luz de murciélago brillando en la parte superior. Se detuvo frente a la heladería de Filbert y Stockton. Un agente salió, ingresó y compró doscientos cucuruchos. Necesitó una carretilla para llevarlos al coche.
traducción: HM
