Autor: Richard Brautigan
Menos tiempo del que lleva decirlo, menos lágrimas que toma morirse, me he dado cuenta de todo, ahí lo tienes. He hecho un censo de las piedras, ellas son tan numerosas como mis dedos y algunos otros, he distribuido algunos panfletos a las plantas, pero no todas estaban dispuestas a aceptarlos. Me he mantenido acompañado con música por un solo segundo y ahora ya no sé más qué pensar del suicidio, porque si siempre quiero partir de mí mismo, la salida es en otro lado y, lo agrego con picardía, la entrada, la reentrada está en el otro. Tú ves lo que aún tienes que hacer. Horas, dolor, no mantengo una cuenta razonable de ellas, estoy solo, miro afuera por la ventana, no hay nadie que pase, o bien nadie pasa (subrayo pasa). ¿No conoces a este hombre? Es el señor Mismo. ¿Puedo presentar a la señora Señora? Y sus hijos. Luego vuelvo y retrocedo en mis pasos, pero no sé exactamente hacia dónde retroceden. Consulto un calendario, los nombres de las ciudades han sido reemplazados por los nombres de gente que ha estado bastante cercana a mí. ¿Debería ir a A, retornar a B, cambiar a X? Sí, por supuesto cambiaré a X. ¡Dado que no pierdo la conexión con el aburrimiento! Ahí estamos, aburrimiento, hermosos paralelos, ¡ah!, qué hermosos están los paralelos bajo la perpendicular de Dios.
traducción: HM
