Voces sin sonido

Autor: Tyler Malone

Hermoseadas con luces de vacaciones, caen las últimas hojas del año. Algunas son amarillas pero árboles enteros también son sólido verde con una solitaria hoja naranja que parece conocer la estación. Ni siquiera los árboles saben lo que está ocurriendo mientras los mosquitos desaparecen y cantores de la Academia Cristiana de las Puertas del Cielo llegan con canciones ensayadas al Hogar de Retiro de Robles Eternos. Bajo el toldo, Jenny Yu, lista para empezar su propia vida incluso en cuarto grado, levanta la vista para ver una forma con ojos de plástico amarillentos en las vigas. Un muñeco: sólo un búho espantapájaros a la espera de una presa.

Hudson salta cerca de Jenny y dice “¿Quién está allí?” Jenny ignora la broma como ordena la señorita Holland “Una sola fila” mientras la cruzada de niños está en marcha.

“Recuerden la razón para la estación” dice la maestra, mirando a Hudson pero no sonríe en obligación mientras continúa: “Niños, sacrificio” bajo su aliento con capas de obligación en cada letra que, puesta junto a otras, sólo los más fieles hallan desafiantes. Sacrificio, niños. La noche nueva no es fría pero la ropa de invierno es parte de la actuación. Guantes, gamulanes, chaquetas de felpa. En invierno no llega ninguna amenaza real, salvo el tiempo, así que es tiempo de sacrificarse.

El aire del hogar de retiro es químicamente limpio, cubriendo cuerpos vivientes. La señorita Holland conduce a sus estudiantes, pasa la estación de enfermería donde cada asistente contempla en espejos negros en sus palmas para examinarse en charcos de obsidiana a través de las vidas de otros. Los ojos aún hacia abajo, mueven el coro de niños por la sala para transportar música nerviosa en sus lenguas. Paredes blancas con manchas negras reflejan grandes bombillas rojas y verdes en la cadencia de parpadeos lentos, inducidos médicamente, entre hileras de flores de pascua de plástico erizadas de piel muerta.

La señorita  Holland arrastra a una docena de niños atados hasta la habitación situada al final del ala corta. Respira lo que se filtra de antiguos cuerpos olvidados incluso por quienes los visten. Una mujer solitaria se sienta en la habitación, erguida como si hubiera brotado de las sábanas. Ella sonríe a los niños apilados a mitad de camino, adentro y afuera de su habitación. “Oh, venga, oh venga, Emmanuel” comienza melodiosamente. Hudson no canta. Mira a la vieja y advierte como le recuerda a su propia abuela. En su corto tiempo de vida sentida, la palabra pérdida ahora empieza a supurar.

Al tiempo que todos los niños comienzan a elevar sus voces para regocijarse, la mujer se mueve violentamente. Pero ella está restringida. Medio cantando, los niños miran a la señorita Holland cuando ella comienza a empujar hacia afuera a la mitad de ellos que podrían caber en la pequeña habitación, mientras la mujer convulsiona contra las gruesas envolturas negras que la sujetan. “¡Mierdas demoníacas!” Las palabras cabalgan sobre hilos de saliva en largas cuerdas colgantes cargadas de droga que salen de unos labios blancos.

La señorita Holland cierra la puerta. “Todos somos hijos de Dios, no importa nuestra edad” dice antes de empujar a un fresco conjunto de cantores a una habitación llena de fotos perfectamente niveladas. Las guerras de Estados Unidos están en todas ellas, del blanco y negro al color. «Pequeño baterista. Sé que es la que más practicamos».

El hombre en la habitación se para en un pijama manchado de gris. La Academia Cristiana de las Puertas del Cielo golpea perfectamente la nota inicial mientras el hombre de gris camina hacia Jenny Yu y la alcanza con uñas dentadas y dice “¿Tú eres mi esposa?” El pelo negro de Jenny es tan parecido a tantos de las viejas fotos. Unos cuchillos rizados y carnosos apuñalan a la joven Jenny mientras un camillero se apresura a cubrir la distancia cada vez menor. Las manos dentadas estaban tan cerca de su pelo oscuro. La señorita Holland aplaude violentamente, empujando de nuevo a sus niños hacia el pasillo. Las luces rojas y verdes han dejado de parpadear. En el pasillo dolorosamente blanco, Hudson mira a Jenny y ve que ya ha pasado la confusión; su rostro muestra un miedo silencioso pero respirable cuando la puerta se cierra de golpe.

“Todavía hay canciones para cantar” recuerda la señorita Holland, apuntando al centro del hogar: la brillante sala común rígida con sillas reclinantes con una nación olvidada vestida mientras ornamentos de vacaciones no esperan a nadie. El coro se alinea alrededor de la televisión. Living es dicho de la misma manera en que se dijo sacrificio mientras la señorita Holland dice: “Qué cómoda es el living” mientras examina a quienes están al fondo. La señorita Holland no se molesta en pedirle a la enfermera que apague la televisión: ella sabe que dios siempre observa cuando se mira un canal de iglesia. Ella susurra “Noche silenciosa, niños”. “Noche silenciosa” cuando aromas convergen en benevolencia, ya que todo el mundo cede en un momento en que la gente, joven o mayor, imagina que no existe.

Hudson canta con el corazón mientras observa, en constantes y diminutos bulbos amarillos de árbol, a su abuela sentada sola y mirándole directamente, con los ojos caídos pero sin cerrarse nunca. Recuerda este rostro, pero no hay ninguna canción unida a su forma de memoria. Un año de verano termina cuando las sombras de los árboles salen de la tierra de la que crecieron, desprendiéndose de las hojas sin importar que no parezca invierno. Los moribundos tienen canciones, pero Hudson no puede imaginar conocer a esta mujer. Los árboles de plástico uniformemente iluminados viven para siempre mientras los que les rodean mueren como regalos para nadie. Los ojos cariacontecidos de la abuela de Hudson no lo ven en ella mientras canta con todo lo que tiene para impresionar a su fantasma viviente y que nunca lo persiga.

Vaciado de notas, el coro camina afuera al bus de la Academia Cristiana de las Puertas del Cielo.

Arriba, en las vigas, el búho de plástico está rodeado de murciélagos alabándolo con dientes afilados. Por ahora, tienen un pastor. Hay seguridad, por ahora, mientras ojos en la oscuridad se preparan para cuidar lo que envejece mientras luces de colores conducen a los niños a un mundo no creado para ellos, pero tendrán que cantar para ellos. La señorita Holland se asegura de que nadie quede rezagado en el hogar por aquellos que merecen estar lejos de las vastas experiencias de su mundo que tan pocos alcanzan hasta que, sencillamente, no queda nada. Ése es el don.

traducción: HM

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