¿Quién cuida a los guardavidas?

Autor: Tyler Malone

“Dos horas” dijo su madre antes de subir las ventanas y sentarse en la música del aire acondicionado y la radio. El bajo agitaba los números de fútbol de las ligas menores con las ventanas peladas.

Los hermanos Lopez respiraban por reflejo al entrar en el cuerpo de bomberos voluntarios. El edificio albergaba votaciones, reuniones municipales sobre infracciones de ruido en campos de softbol y cursos sobre cómo dar vida a los ahogados de la piscina municipal. Los hermanos nunca habían oído hablar de ningún incendio en la ciudad, así que el hombre rechoncho y malvavisco que tenían delante, con una camiseta del cuerpo de bomberos, debía de ser excepcional apagando llamas. Las brasas se enfriaron, se redujeron a semillas para crecer a la sombra, después de que el aire y la saliva salieran volando de su barriga y, de vez en cuando, de su boca dentuda.

Señalando el cartel pegado en la pared blanca tan inmaculada como una torre de agua recién pintada antes de que los pájaros decidan que tienen poco por lo que vivir, el hombre dijo: «Bienvenidos a mi casa de monos. Me llamo Jefe Al. Y chicos, nada de fumar». Su cara, con las encías más negro-rosadas que esmaltadas, se ensanchó como un neumático radial en expansión. «Apagamos fuegos, nunca los provocamos».

Fernando, el Lopez más joven, dijo “Pero no vamos a combatir incendios, estamos aquí para el entrenamiento de guardavidas de la Cruz Roja”.

“CPR” dijo Gabe Lopez, su voz más profunda, más exacta y aburrida.

A través de un pasillo oscurecido por las sombras de las persianas y el sol grisáceo del verano, el jefe Al arrojó un muñeco de prácticas a los pies de los chicos. El muñeco les saludó con un jadeo permanente. «No hay mucho que hacer, sólo besar», dijo mientras sus rodillas, violáceas pero blancas en las puntas, caían. «Sé que han besado a su mamá, así que ya saben qué hacer».

Inhalen, exhalen. Escuchen los interiores vaciados. Presionen profundo en el pecho. Encuentren el corazón y mátenlo con ambas manos. “Rompan huesos, muchachos, así es como funciona”. Inhalen, exhalen. Besen, presionen. Rompan huesos invisibles. Besen. Fernando golpeó a su hermano mayor en el brazo cuando un hilo de saliva salió de los labios del jefe Al y el cadáver de goma. Inhalen, exhalen. Besen, despejen la boca. Una uña finamente masticada y con muñones se introduce hasta los nudillos en la boca. “Ahora hagan eso”.

“¿Exactamente eso?” preguntó Gabe mientras sostenía literatura de la Cruz Roja que mapeaba un método más exacto de CPR para adultos, niños, ahogados, moribundos, asfixiados en trozos de Oreo.

Mirando a los ojos firmes, marrones de Gabe, el jefe Al dijo “Sé que éste es probablemente su primer empleo, pero es el final, el final del verano. Todos los veranos. Todos terminan extrañando el verano cuando obtuvieron su primer empleo. El sol, la libertad de no hacer cómo se les indica”. Mientras se paraba, él inhalaba, exhalaba. “Cada respiración es una guerra, ustedes muchachos sabrán esto. Ahora hagan como se les dice y como acabo de hacerlo”.

Gabe miró a Fernando. “Haz como te dijeron”.

De rodillas al azulejo, el joven López no sabía cómo parecer natural o cómodo con los muertos. Pasó el dedo por el maniquí y esperó que sus nuevos gérmenes sustituyeran a lo que le hubieran dado al maniquí.

“¿El tiene un nombre?” preguntó Fernando mientras miraba las mejillas de goma siempre vacías de vida.

“Maniquí” dijo el jefe Al mientras exhalaba el nombre como si intentara llenar la estación con sus tripas calientes.

Boqueando el nombre del maniquí Fernando siguió al jefe Al. Inhala, exhala. Besa, presiona la columna. Aplasta huesos extraños, Rompe los interiores. Inhala, exhala. El despejó la boca antes que su hermano mayor lo siguiera, nunca pensando en escupida compartida. “Se siente como si estuviera besando de despedida a la infancia”. Luego de que Gabe salvo una vida muerta, escuchó al jefe Al: “Lo estás. Pero sabes, necesita ocurrir. ¿Sabes la diferencia entre tú y este maniquí?” El jefe Al levantó al maniquí del piso como si fuera un cadáver sin brazos lavado en un patio de una marisquería. “Pueden salvarse, más gente, especialmente ustedes, jóvenes ingenuos, necesitan saber que nadie los salva excepto ustedes mismos. No hay guardavidas en el mundo real”.

“Pero hay guardavidas reales. Somos guardavidas”.

Gabe vio al jefe Al mirar los agujeros muertos del maniquí mientras decía “Ustedes son” antes de firmar las certificaciones de la Cruz Roja. “Y éste es el final del verano”.

El estacionamiento de la estación ya estaba agobiante con el calor de principios de mayo mientras los hermanos Lopez sostenían sus certificaciones. La nueva firma del jefe Al se perdió en papel blanco reflejando el sol. Fernando miró por encima del techo del lavadero de autos y las crecientes gotas de agua de lavado hasta el cartel de Chevron. «Vamos a comer pizza de estación.»

 “Es lo suficiente temprano, probablemente desayunen pizza” dijo Gabe mientras contaba cuánto efectivo había en sus shorts antes de su primer cheque de sueldo.

Detrás de los hermanos, por la puerta abierta en la línea de terminación de la luz que cortaba las sombras interiores, el Jefe Al gritó: «¿Pizza?» mientras se levantaba la camisa negra del Departamento de Bomberos. Su cuerpo estaba tan blanqueado como el interior de un frigorífico. «Esto es lo que hace la pizza». Señaló un tajo rosa que se alzaba sobre su corazón, una línea entre estrías cruzadas y manchas extrañas desconocidas para la juventud. La puerta se cerró sin que nadie la tocara mientras Gabe boqueó: «No hay guardavidas».

•••

A fines de julio, los hermanos Lopez estaban pasados de rojizos y en un tono profundo de tabaco en sus puestos de guardia metálicos. Nadie se ahogaba, ningún muerto entre el agua clorada de la ciudad. Los productos químicos cotidianos revoloteaban mientras el sol del mediodía se cernía en el centro del cielo y asaltaba a los hombros y las puntas de las orejas de los niños obesos mientras sus camisetas de algodón se extendían a su alrededor como mantequilla en una sartén. La música pop salía por los altavoces de la piscina entre cañonazos mientras los ojos estaban puestos en los vivos, siempre a punto de ahogarse. A diario, los hermanos echaban de menos al jefe Al cuando pasaba en un camión blanco de obras de la ciudad tan apetecible como el hueso que salta de un codo. Libre para morir en verano, siempre el último verano de alguien, inhalaba, exhalaba, los labios húmedos para que los besaran los muertos.

traducción: HM

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