Autor: Tyler Malone
Harvest Road se llevó mujeres y nadie fue molestado. Desde el ojo de Dios y mapas de Internet era fácil descubrir la calle aunque se extrañen las grietas de las aceras donde cosas oscuras de piel húmeda hacían sonidos nocturnos, montones de mascotas difuntas y desfiguradas encontradas bajo carteles de animales perdidos, y fantasmagóricos hombres del Klan de octubre colgados en los mezquites. Karen absorbió todo esto en Harvest Road, pero para ella un trote era todavía sólo otra palabra para un paseo. Pasó de largo lo que se escondía a la vista, como había hecho durante meses desde que se mudó a su casa alquilada, donde las arañas goteaban de las ramas angulosas y tejían delgadas historias de terror.
Corriendo junto a familias fantasma en casas aburguesadas retorcidas y acentuadas con colores frutados en vallas de listones recuperados y carteles inmobiliarios que rezaban “Soy encantadora adentro”, Karen pensó en las chicas perdidas que repetían esa frase para superar una mirada al espejo, algunas de ellas de esta parte perdida de la ciudad donde la gente vivía para perderse en mascotas perdidas y teléfonos perdidos en casas encontradas entre el progreso. No muchos se mudaron a las casas comercializadas, no hasta que la ciudad se acercaba sigilosamente y la gente de las casas vecinas se volvía más blanca, con tonos de piel propios de personas que creían invocar el fuego de los cielos. Todo lo que Karen quería era el poder para construir una isla afuera desde autos deslizándose lentamente por Harvest Road. Cada conductor se inclinaba y escuchaba música en los auriculares de su teléfono. Nunca se preguntaba qué pensaban los transeúntes de ella o de todas las demás mujeres, vivas o muertas, perdidas o encontradas.
Por la música, Karen no podía oír el traqueteo de las bridas de pan que sujetaban el guardabarros de un Ford Explorer. Exploradores, conquistadores que venían a reclamar cualquier cosa bajo la luz del sol, en sus sombras más profundas. El Explorer era un espanto verde, un tono de verde que un pintor eligió accidentalmente y pintó el mundo de un tono tóxico.
Frente a una curva de Harvest Road, el mayor codo de asfalto arrugado por bolsas de supermercado con las asas desgarradas por el peso de las expectativas, Karen no oyó cómo sonaba una víctima de ACV al gritar sobre un motor podrido cuatro mil millas más allá de un cambio de aceite, viviendo sólo de lodo negro quemado.
Sobre una rama con forma de río, Karen fingió ser una diosa eterna pisando masas de agua mientras veía cómo el gusano traqueteante se acercaba a su pantorrilla derecha. Los habitantes del Explorer eran ciertamente blancos. No todos los monstruos americanos eran blancos, porque la piel no existía en Harvest Road, sólo ecos de lo humano.
Karen vio una cara caída con una mejilla más delgada que la otra mientras esbozaba una sonrisa atrofiada, como si Billy Graham hubiera tomado malas decisiones en lugar de contar una vida de mentiras. Una señora en el asiento del copiloto del Explorer ordenó: «¡Chica, sube a este puto coche!», pero Karen ignoró lo que le decían hasta que el Explorer aceleró y clavó la rueda del lado del conductor en el borde y se detuvo encima de una botella de Dr. Pepper ya rancia y amarillenta por la luz del sol y la saliva de tripa de tabaco. Entre canciones, entre la libertad y la esperanza de algo nuevo en un silencio cruel, la orden se repitió. «¡Mete ese culo en el coche, chica!».
El conductor, con el puño sobre el volante y el codo en forma de telaraña asomado por la ventanilla, se encontró con los ojos de Karen. La negrura estaba tatuada alrededor de sus labios. Una boca hambrienta se curvó a los lados exageradamente cuando dijo: «Sabes que te llevamos el otro día, chica, así que sube. Será fácil».
Karen combinó palabras. “¿Por… por qué?” Pero no podía separarse del rostro impasible e inconexo de la mujer. Sus manos alcanzaron el vientre de la conductora, entintado con las palabras ‘La vara de Dios’ con una flecha apuntando hacia abajo, y los pantalones cortos de basquet con la marca agrietada y fisurada, arrancados del poliéster. Las manos de la mujer parecían que se ganaban la vida alimentando ratas rabiosas. Una mano podrida hizo un gesto e invitó a Karen a subir al Explorer.
Al perderse en la señalización ‘Soy encantadora adentro’, el cerebro electrizado de Karen surgió con un ¡No! y descubrió cómo mover las piernas para acelerar en un solo paso. No un trote, sino un movimiento con propósito. Por encima del borde besado por la llanta de aluminio del Explorer, Karen atravesó un modesto bosque de pacanas. Treinta árboles dejaron caer cáscaras endurecidas, y después sólo quedó una puerta abierta en Harvest Road. Entre los árboles, sólo quedaba una iglesia. Karen empujó las puertas dobles apuntaladas con versos grabados en madera oscura: letras del Hacedor del Hombre, el moldeador de mujeres de hueso creadas para ser devoradas siempre en Harvest Road, y en cualquier otro lugar.
Afuera de la iglesia, una tierra profana, el Explorer no esperó. Estaba en ninguna parte, un depredador sin rumbo.
Santuario.
Sobre una alfombra granate, una luz sombreada se ensamblaba a través de un mosaico de vidrio que relataba el culto y el sacrificio. De la luz surgió un hombre. «No muchos vienen corriendo aquí, pero es un lugar seguro para los que lo hacen».
Karen buscó afuera a los Explorers ocultándose entre casas abandonadas, lugares aprisionando mujeres perdidas. Depredadores descubriendo sus propias iglesias.
Atrapado en la luz, el predicador preguntó “¿Estás perdida?”
Karen se volvió hacia el hombre de Dios, la única voz alta en tierra firme. Una sombra recorrió su rostro. Manchada con la forma del conductor del Explorer, una espiral perversa, una mandíbula lista para desencajar y engullir a una mujer. Y nadie haría preguntas.
“¿Puedo ayudar?”
La criatura bendecida para ser un predicador se acercaba cuando Karen resopló: “No”.
Todo es monstruoso hasta que se olvida, entonces Karen salió de la iglesia y lo que acechaba, lo que era hermoso en el interior. Ni rastro de nada en unas calles llenas de vacío, tan barato como todo lo que viene en cartón o en sueños. No hay exploradores, sólo terrores que se renuevan cada mañana, ejercitados, exigiendo perderse porque no hay nada que salvar.
traducción: HM
