Autor: Hugo Müller

Ya Dios en vida denunció los chanchullos, los abusos y los crímenes de los dirigentes de la FIFA. Sus jefes, desde los tiempos de Joao Havelange y nuestro ferretero Grondona, siempre estuvieron envueltos y a cargo de punzantes asuntos mafiosos de alto vuelo en la diplomacia internacional. Y es que los eventos deportivos internacionales, los espectáculos de recreación diseñados para distraer a las personas de sus vidas cotidianas, son oportunidades políticas y culturales para los organizadores. Y los regímenes autoritarios los han utilizado siempre para hacer propaganda de que en el país anfitrión no se violan derechos humanos y que se ha erradicado la corrupción, cuando en la práctica, en lo concreto, en los hechos de la historia, ocurre todo lo contrario. Los últimos mundiales, celebrados en Rusia y Qatar tras cuantiosas dádivas y sobornos a la máxima dirigencia de la FIFA, dan cuenta de ello. Ya con el italiano Infantino al frente, siempre dispuesto a halagar a los empresarios y presidentes multimillonarios que financian sus fiestas futbolísticas, tuvieron su festín futbolístico.

Este verano en Estados Unidos se está jugando la primera Copa Mundial de clubes, como un ensayo para lo que va a ser el mundial del año que viene en Estados Unidos, México y Canadá, en lo que es una prolongación y secuela del fin de la historia del fútbol acaecida con el mundial asignado a Estados Unidos en 1994, hace ya más de cuarenta años. La pelota siguió rodando al pedo cuando sacaron a Diego Armando Maradona del juego. Ahora nos vemos obligados a retomar el tema porque a Trump, el nuevo dueño de la pelota, no le interesa generar una imagen positiva de su país, sino usar el evento como plataforma para exhibir su degradante y rufianesco autoritarismo.

Y es que su Policía Migratoria (ICE) asistirá a todos los partidos no sólo como equipo de seguridad del evento, rol que ya cumplió en espectáculos parecidos en Estados Unidos, sino que avisó a los hinchas que les conviene tener “sus papeles en regla”.

Por su parte, el vice Vance, cuya estulticia se asemeja a la del ministro de defensa argentino, bromeó sosteniendo que el público será bienvenido al mundial de 2026, pero “cuando se termine se tendrán que ir a casa o hablar con Kristi Noem”, secretaria de seguridad interior, la Lilia Lemoine yanqui. La decisión de azuzar el miedo a las redadas en un acontecimiento internacional de fútbol, el deporte más popular entre los inmigrantes en Estados Unidos, es parte del deseo de la administración trumpista de presentarse tan poderosa que no tiene que rendir cuentas a nadie.

El lenguaje intimidatorio viene mientras el país atestigua una escalada en las razzias, detenciones y deportaciones conducidas por Noem. Ocurre cuando muchas personas están siendo enviadas a centros de confinamiento y tortura como el CECOT del salvadoreño Bukele, quien también se cree impune y está imbuido de comportamientos autócratas insoportables. Incluso se está deportando a haitianos y sudaneses del sur para que vuelvan a sus estados fallidos luego de nefastas intervenciones estadounidenses. Sucede mientras el racismo se manifiesta abiertamente desde los medios y plataformas del gobierno, donde cada persona que le parezca un inmigrante a un agente de la ICE , o que tenga un color de piel distinto al blanco o el rosado rubicundo del monarca Trump será sometido al escrutinio de patovicas republicanos, rednecks motherfuckers que se regodean con el discurso y arengas trumpistas.  

Esto es consistente con el abandono del Consejo de Derechos Humanos, sus sanciones unilaterales a la CPI (Corte Penal Internacional) por sus órdenes de arresto al genocida Netanyahu y otros colegas del Mossad, su participación activa en la limpieza étnica de Gaza, sus bizarros reels de IA donde presenta su proyecto inmobiliario para la Franja junto al vil genocida. Esta es una administración que se ufana de su supremacismo blanco, y ya no le da asilo a nadie excepto a criminales de guerra sudafricanos o israelíes.  

Parece disfrutar de violar flagrantemente los derechos humanos, ya sea encerrando a un alcalde en un centro de detención de inmigrantes, sacando por la fuerza y esposando a un senador en una rueda de prensa de seguridad nacional o negándose a poner en libertad a Mahmoud Khalil, a pesar de la orden de un juez.

El mes pasado, la organización Human Rights Watch urgió a la FIFA a reconsiderar permitirle a Estados Unidos albergar esta Copa Mundial, expresando su profunda preocupación por el trato que están recibiendo los migrantes. Esta solicitud sólo pudo resultar infructuosa ante la notoria ignorancia de las repugnantes mafias que gobiernan el fútbol mundial, que siempre han omitido este tipo de cuestionamientos a los organizadores de eventos deportivos. Igualmente, no se esperaba que Infantino diera un discurso tan arrastrado y entregado a la coquetería del intercambio mafioso. Se sumó al leit-motiv trumpista diciendo que ahora “se está haciendo grande al fútbol nuevamente, porque el fútbol une al mundo”. Cuando le preguntaron qué opinaba de la presencia del ICE durante los partidos, Infantino dijo que sólo lo inquieta la inseguridad, y que la ICE va a hacer un magnífico trabajo.

Pero hasta ahora la venta de tickets viene lenta, y hubo varios huecos y vacíos en los partidos que se disputaron hasta aquí. Recorrimos escuelas de Miami y vimos a varios revendedores ofreciendo 4 entradas a 20 dólares, y ni así se pudo entusiasmar a los fanáticos del Inter Miami, equipo de nuestro astro Lionel Messi, cuyos dueños son reputados terroristas asesinos del pueblo cubano. Más allá de esta disquisición, y del estancamiento de la popularidad del fútbol en USA, la cleptocracia trumpera no ayuda al clima de negocios futbolísticos. Cabe mencionar que las reformas migratorias de Trump produjeron una caída estrepitosa del turismo en Estados Unidos, con pérdidas que se estima superarán los trillones de dólares esta temporada veraniega.

El autoritarismo siempre es tan poderoso como la aquiescencia del pueblo o la sociedad que lo mantiene. Aquí la gente está empezando a movilizarse. La Copa de Clubes comenzó la misma semana en que millones tomaron las calles para participar de la marcha “No queremos reyes”, además de protestas contra los secuestros y asesinatos de la policía y el ICE.

Para que Trump y sus matones rindan cuentas se necesita que el mundo sienta empatía por los estadounidenses. Ningún país debería enviar a su equipo a jugar un mundial donde los ciudadanos de 12 países están vetados. Nadie puede estar seguro cuando agentes del ICE rondan camuflados las tribunas para perpetrar algún secuestro o deportación antojadizo. Desde Maldita Realidad, no nos queda otra que proponer un boicot a este asqueroso mundial de clubes, y al mundial de fútbol del año que viene, que promete ser la segunda muerte del fútbol mundial, en una remake mucho más burda y brutal que la primera.

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