Autor: Leila Soto
En los albores del apocalipsis las reivindicaciones feministas ya no son olas sino mareas humanas que inundan de contenidos más o menos emancipadores, pero siempre emotivos. Si se preguntan a qué obedece tanta emocionalidad la respuesta podría estar en ese lugar en el que el capitalismo patriarcal nos ubica como colectivo, terminamos siendo parte indisoluble de cualquier marketing, y sobre todo sostén emocional del sistema. La mercantilización de la vida nos hace el producto estético perfecto para vender todo, incluso aquello que no consumimos. Entre esas cosas que nos resultan esquivas está el poder. Sí, ese concepto abstracto, pero absolutamente presente en todas nuestras relaciones. Visible en nuestros vínculos laborales, políticos y económicos, más soterrados en los ámbitos familiares. Quizás por ello el 8M transcurre como una confusa jornada conmemorativa (en memoria de trabajadoras muertas en condiciones precarias y sin derechos básicos), y también es un día de lucha para las actuales mujeres trabajadoras y jubiladas con ingresos indignos. El gran problema de nuestro presente espectacularizado es precisamente esta sesgada y distorsionada narrativa de la maldita realidad. Muchas veces la transversalidad de las demandas conspira en la visibilidad, detrás de las mujeres golpeadas hay una multiplicidad de demandas que no se limitan a la cuestión de justicia, ni mucho menos del punitivismo clasemediero. Hay un patriarcado capitalizado por el sistema, ese que aprovecha para discriminar a las pobres, racializadas, locas, adictas y muchos etcéteras. El colectivo LGTB+ amplifica demandas, pero al mismo tiempo anida el huevo de la serpiente, como todos los colectivos sociales. Así, mujeres que juegan a empoderarse, hacen de la microfísica de su poder la traición al colectivo. De la misma manera que otros géneros, el sentido común que desarrollan es un pastiche caracterizado por el autoboicot. Eso explica un poco el por qué existen nazis latinoamericanos, sujetos sociales que se montan en el discurso “ario” de raza superior, pero aplicado al absurdo. Hay una lógica sobre el poder que les funciona de forma lineal, necesitan un inferior para autopercibirse “superiores”.
Otra muestra de ese fenómeno es la feroz represión del 12 de marzo. Desde hace ocho meses que los jubilados salen a reclamar la angustiante situación de vulnerabilidad, llevados a una indigencia en la que no tienen garantizado ni medicamentos ni alimentos. El vergonzoso tratamiento del gobierno a quienes se encuentran más desamparados en la lucha, estuvo ese tiempo bastante impune, producto de la fragmentación de la oposición, así como de la estupefacta reacción de todos los sectores que ven amenazados sus derechos, sus trabajos y lo que es peor de todo, su sentido de la justicia.
Hoy, al calor de la bronca de ver, una vez más, la criminal crueldad policial, podríamos poner nuestras miradas en el aparato represivo en concreto: las gorras que solo manifiestan soberbia porque están en grupo, ante una anciana o un grupo de civiles desarmados. El arma plantada en la plaza, el abandono del móvil, los infiltrados, la cacería de presos y detención de menores requieren de respuesta y sobre todo de responsables en la picota. Pero el problema es que nada de eso pueden hacerlo sin este clima de impunidad que tanto promociona el gobierno. Son muy conscientes de la imposibilidad de llevarse puesta la democracia sin resistencias varias. Para ello ponen la prensa adicta, militante o mercenaria de Antonio Laje, Jonatan Viale, Majul y Debora Plager (entre otros). Ni hablar de los agentes judiciales cómplices de todas sus actividades. Esa Corte Suprema no está sola, tiene un nutrido equipo de cómplices en los Jueces Federales de Comodor Py, jefes de fiscales y subalternos. Apenas iniciado este gobierno, pusieron todo su poder narrativo y legitimante para naturalizar la neopersecución a militantes, intelectuales, funcionarios/trabajadores estatales. El clima macartista no se reduce a los troles virtuales, que además son igual de nocivos. Intimidan y amenazan como el gobierno fascista que son, a esta altura poco importa si es neofacismo o cualquier otra categoría de análisis. La que se aplique es igual de amenazador para la democracia. Están en peligro contratos sociales básicos, que la Argentina asumió luego de la dura experiencia del genocidio. Tan impactante es en la memoria, que aún hoy tenemos que disputar el sentido de la palabra subversión. Porque hoy la Argentina y el mundo exigen un cambio, una alteración del orden establecido. ¿Quieren llamarlo revolución? ¿resistencia? Da igual, lo que importa es que hay muchas cosas del sistema que funcionan mal y se deberían cambiar. Y no es una publicidad ni campaña de mindfullness para cambiar hábitos individuales. No se trata de seguir ignorando la política porque no se sienten lo suficientemente superiores o inteligentes para participar en ella. Aunque tiene múltiples significados la subversión no está al alcance de todas ni supone lo mismo para todas.
Hay que estar atentos a esas colaboraciones de las mujeres como la comerciante de armas (israelíes), otrora candidata Patricia Bullrich. La jueza Servini, empollando una causa como todo funcionario judicial que pone a su hijo en lugares claves de poder y entre ellos se rascan las espaldas. Qué decir del universo mediático que tiene personajes que dan vergüenza, especialmente en un tiempo donde el trabajo periodístico está tan precarizado y que tanto se necesita. Pero lo peor, lo más triste son esas mujeres en las fuerzas policiales, en las escuelas, en los hospitales y otras instituciones, que colaboran de forma entusiasta con un sistema perversamente injusto con ellas y con sus familias. Date cuenta hermana, que la sororidad no es con el poder sino con la empatía hacia quienes son capaces de ofrecer su cuerpo, su alma y su trabajo por los demás, las que hacen trabajos no remunerados, las que cuidan y alimentan con cariño, aún sabiendo que no van a tener una jubilación digna.
