Autor: Robinson Jeffers
I
Cuando la consideré bien de cerca, cuando la llevé como un elemento y la olí como agua, la vida se tornaba menos hermosa, la red más cercana que la piel, un poco complicada, un poco terrible.
Hace poco me comprometí a no buscar refugio, ni en la muerte ni en un jardín amurallado, ni en mentiras ni en lealtades cerradas, ni en las puertas del desprecio, que fácilmente cierran el mundo a cal y canto.
Aquí en la roca es grandioso y hermoso, aquí en el colmillo de mar de granito mojado de espuma es fácil alabar a la vida y el agua y las piedras brillantes: ¿pero de quién son los rebaños de la gente para que uno los ame?
Si fueran suyos, entonces deberían tomar el deleite de un ganadero en los rebaños del futuro. No de ustedes. Donde el poder termina dejen amor, antes que se amargue a celos. Dejen las alegrías de gobierno al César.
Quien nace cuando el mundo decae, cuando el alma valiente del mundo cae en decadencia en la carne aumentando, viene uno con una mente de gran nivel, suficiente visión, suficiente ceguera, y clemencia por amor.
Este es el aliento de podredumbre que olí, del mundo esperando, estancado entre tormentas, decayendo un poco, amargamente temeroso de ser herido, pero sabiendo que no puede conducir el sabio César salvo con el baño de sangre.
Los monos de Cristo levantan sus manos para alabar al amor: pero la sabiduría sin amor es el presente salvador, poder sin odio, mente como una máquina de muchas hojas sometiendo al mundo con profunda indiferencia.
Los monos de Cristo pican por una enfermedad que jamás conocieron, las palabras y pequeñas envidias difícilmente se miden contra el ciego fuego detrás de los trágicos ojos que ellos jamás se atrevieron a confrontar.
II
Punta Lobos yace sobre el agua vaciada como una ballena jorobada nadando a la orilla, Punta Lobos fue herida con aquel fuego, las colinas de Punta Sur la soportaron, el palacio en Tebas, el monte Calvario.
Desde el poder incestuoso del amor y luego ruina. Un hombre forzando las imaginaciones de hombres, poseyendo con amor y poder a la gente: un hombre desfigurando su propia casa con impío deseo.
El rey Edipo tambaleándose enceguecido desde la puerta del palacio, lágrimas rojas derramándose desde las fosas desgarradas bajo la frente, y el joven judío retorciéndose en la colina abovedada en el terremoto, contra el eclipse espantosamente levantado por haberse vuelto hacia dentro para amar a la gente: ¿esa raíz fue tan dulce, oh, espantoso agonista? Vi los mismos pies perforados, que caminaban en el mismo crimen a su expiación, escuché el mismo llanto.
Una mala montaña para construir su mundo adentro. ¿Soy otro guardián de la gente, que en mi propia orilla, sobre la roca gris, junto a la estriada masa del océano, la enfermedad que dejé detrás me preocupa?
Aquí, donde el oleaje ha salido increíblemente del espléndido oeste, sobre las profundidades ni la luz ni la vida suenan para siempre, aquí donde enormes atardeceres florecen y arden a través del color a la quietud, ¿entonces el éxtasis de las estrellas está presente? En cuanto a la gente, he encontrado mi roca, dejen que ellos encuentren las suyas. Déjenlos yacer a los pies de César y ser salvados, y él en su tiempo cosecha sus dagas de gratitud.
III
Todavía soy el que hace promesas contra el desprecio del refugio, que fácilmente cierra el mundo a cal y canto. Esta gente, tanto como el granito del mar, es parte de Dios, de quien deseo que no sea fugitivo.
Los veo: siempre están llorando. El Pacífico orillado hace música perpetua, y las montañas de piedra su música de silencio, las estrellas soplan largos hilos de luz: la gente siempre está llorando en sus corazones.
Uno no necesita piedad, ciertamente uno no debe amar. Pero quien ha visto paz, si él pudiera contarles dónde vive la paz en el mundo… ellos serían impotentes para comprender, y él no está dispuesto a volverse a involucrar.
IV
¿Cómo uno podría atrapado en la piedra de su propia persona atreverse a contar a la gente algo que no esté relacionado a ello? Pero si un hombre pudiera sostener en su mente todas las condiciones a la vez, de hombre y mujer, de civilizado y bárbaro, de enfermo y sano, de feliz y bajo tortura, de vivo y muerto, de humano y no humano, y sombríamente todo el futuro humano: ¿qué lo persuadiría a hablar?, ¿y qué podrían cambiar sus palabras?
La montaña delante del mundo no se está formando sino está fijada. Pero las palabras del hombre serán también arregladas, parte de esa montaña, bajo igual compulsión, bajo la misma presente compulsión en la consistencia de hierro.
Y nadie ve bien o mal sino desde un cerebro cien siglos callado, algún desierto de profeta, un hombre jorobado como un camello, enloqueció entre la aldea amurallada de barro y los sepulcros de montaña.
V
Anchos vagones antes del amanecer traen comida a la ciudad desde las granjas abiertas, y la gente es alimentada. Ellos importan y consumen realidad. Antes del amanecer un halcón en el desierto los hizo sus pensamientos.
VI
Aquí hay gente ansiosa, rango con sed de sangre suprimida, entre la suave y pacífica Gautama necesaria sólo vive grandiosamente y es escuchado, Confucio sólo necesitaba vivir grandiosamente y ser escuchado: esta gente no tiene sacrificio de sangre superado, uno debe retorcerse en la alta cruz para atraparlos a sus recuerdos, el precio es conocido. He acallado el amor, por el amor de la gente no lo hubiese hecho. Por el poder lo hubiese hecho.
Pero eso va contra la razón: ¿qué es el poder para un hombre muerto, muerto bajo tortura? ¿Qué es el poder para un hombre viviente, luego de que la carne está contenta? La razón nunca es una raíz, ni de acto ni de deseo.
Por el poder viviente jamás lo haría, no son deleitosos para tocar, uno desea estar separado. Por el poder luego de que los nervios son puestos bajo tierra, para iluminar a los abstractos niños no nacidos hacia la paz…
Un hombre podría haber pagado angustia incluso. Excepto que haya encontrado la roca saliente del mar que hasta esta última tentación se rompa, más callado que la muerte pero más adorable, la paz que silencia el deseo incluso de alabarlo.
VII
Todavía miro: ¿no son penosos? No: si vivieran para siempre serían lamentables: pero un enorme don reservado los sobrecoge bastante al final, ellos son capaces entonces de quedarse quietos y no llorar.
Y habiendo tocado un poco de la belleza y visto un poco de la belleza de las cosas, mágicamente crece a través del fuego del funeral o el hedor oculto de enterrarse ellos en la belleza que admiraron, ellos en el Dios, ellos en la sagrada y empinada inconsciencia que solían imitar, dormidos entre las lámparas de la muerte y el amanecer, mientras el último borracho se tambaleaba a su hogar por la calle oscura.
Ellos no deberían ser lastimosos sino muy afortunados, ellos no necesitan salvador, la salvación viene y los toma a la fuerza, los junta en los grandes reinos de polvo y piedra, las tormentas sopladas, el océano que culmina la corriente.
Con esta ventaja sobre las marcas de la tumba de granito, o de tener realizada la petulante conciencia humana antes, y luego la grandeza, la paz: borracho de ambos lanzadores: ¿a esos tenemos que compadecer? Esos no son afortunados pero mientras él viva dejen que cada hombre haga su salud en su mente, para amar la costa opuesta de humanidad y así ser liberados del amor, dejándolo como pan sobre las aguas, es peor girarlo al interior, es mejor que sea disparado lo más lejos.
Amor, el loco vino del bien y el mal, el del santo y el del asesino, la mota en el ojo que hace su objeto brillar el sol negro, la trampa en la cual es mejor atrapar al Dios inhumano que la propia imagen del cazador.
traducción: HM
